Conociendo Copenhague

Poder visitar la capital de Dinamarca es entrar en un nuevo mundo, donde la efervescencia es la juventud. Allí se contagia hasta al más incrédulo, para demostrar que los escandinavos si saben pasarla bien.

La puerta de entrada a Escandinavia

Los molinos que se ven desde lo alto, que están instalados en el mar dan la seguridad de que llegamos a un país moderno. Su preocupación por el medio ambiente, lo convierte de entrada en un lugar acogedor.

Al aterrizar, el punto de partida que se recomienda es Strøget, que es el circuito de peatonales más largo de Europa. Los adoquines que las componen acompañan al paisaje de los souveniers con las iniciales CPH y los restaurantes que se posa en las plazas, con sus sillas afuera.

Allí, se puede ir caminando hasta Rundetaarn que es la torre circular del siglo XVII, que se destaca. No solo por su altura, sino por su hermosura, que fue construida como observador astronómico, y desde donde se puede sacar las mejores tomas panorámicas de la capital.

En la parte de Holmens Church, los mejores paseos los esperan. Pasear por canales daneses (pasando por debajo de pequeños puentes), y pudiendo observar las construcciones, que destacan a estas tierras europeas, es la mejor manera de invertir las primeras coronas danesas del viaje.

Diversión danesa

Al bajar de los botes, las bicis son la mejor manera de seguir los paseos. De hecho son una de las características del lugar, convirtiendo al tráfico ciclista, casi parecido al de Ámsterdam.

Con ellas llegar al antiguo Puerto Nyhavn es posible. Los mejores bares y cafés los esperan, para saborear su destino. Tomarse una Carlsberg, cerveza típica danesa, a orillas del canal es casi una obligación. Ah, por las bicicletas no hay que hacerse drama: no hace falta atarlas a ningún poste y estarán cuando vuelvan a buscarlas.

Una pølse es necesaria para recargar energías. Esta salchicha muy condimentada, que asoma de un pan servido con pepinillos y aderezos es uno de los sabores típicos, que se consiguen en cada rincón.

Y cada rincón no tiene detalles librados al azar. Desde las estaciones modernas del metro e superficie y subterráneas, hasta las aberturas de las puertas… Todo está ideado para sorprender al viajero.

Otra combinanción de historia y presente es el céntrico Kongens Have, un parque aledaño al Castillo Rosenborg, donde la construcción renacentista contrasta con los picnics, deportes y bailes que llevan a cabo los jóvenes daneses en el césped.

Desde el 2015 una política oficial establece que haya un parque o playa a o más de 15 minutos a pie. Allí, se puede conocer más de esta capital europea y dejarse llevar por las nuevas tendencias. A la noche, todo el mundo sale para poder disfrutar en bares, shows, pubs, que regalan las mejores vivencias tanto dentro, como afuera en sus calles tan pinntorescas.

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